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La Pasión de Dios Desatada

6081 palabras

La Pasión de Dios Desatada

En el corazón de un pueblo michoacano, donde las campanas de la iglesia repicaban como un latido eterno, María se arrodillaba ante el altar. El aire olía a copal y a flores de cempasúchil marchitas, y el sol de la tarde se colaba por los vitrales, tiñendo su piel morena de rojos y dorados. Tenía veintiocho años, soltera por devoción, pero su cuerpo ardía con un fuego que las oraciones no apagaban. ¿Por qué Dios me hace sentir esto? se preguntaba, mientras sus dedos rozaban el rosario, imaginando manos más fuertes, más calientes.

Afuera, en la plaza, la fiesta patronal bullía con mariachis y olor a carnitas chisporroteando. María salió de misa con la cabeza baja, pero sus ojos se toparon con él: Alejandro, un wey alto, de ojos negros como obsidiana y sonrisa pícara que prometía pecados deliciosos. Llevaba una camisa guayabera abierta, dejando ver el pecho tatuado con un águila devorando una serpiente. Era forastero, carnal de la ciudad, que había llegado por la feria.

—Órale, morra, ¿ya te vi en la iglesia? Pareces ángel caído —le dijo, acercándose con un tequilita en la mano. Su voz grave vibraba en el pecho de ella, como un tamborazo.

María sintió un cosquilleo en el vientre, el calor subiendo por sus muslos.

¡Ay, Diosito, no me dejes caer!
pensó, pero sonrió coqueta. —Pendejo, no seas fresco. Soy María, de aquí del pueblo.

Hablaron toda la tarde bajo los arcos de la plaza. Él contaba chistes de la capital, ella reía con esa risa ronca que guardaba para las noches solas. El deseo crecía como la marea, en miradas que se demoraban, en roces accidentales de brazos. Cuando el sol se puso, tiñendo el cielo de púrpura, Alejandro la invitó a caminar por el río. Ella dijo que sí, con el corazón latiéndole a mil.

La noche los envolvió con su manto estrellado. El río murmuraba bajito, llevando el aroma de jazmines silvestres y tierra húmeda. Caminaban hombro con hombro, y cada paso avivaba la chispa. Alejandro se detuvo, la miró fijo.

—Neta, María, desde que te vi, siento la pasión de Dios corriendo por mis venas. Como si fueras un milagro hecho mujer.

Ella jadeó, el nombre de esa pasión prohibida le erizó la piel. Sus labios se encontraron en un beso que sabía a tequila y a miel de maguey. Las manos de él en su cintura, fuertes pero tiernas, la apretaron contra su cuerpo duro. María gimió suave, sintiendo su verga endureciéndose contra su vientre. Esto es pecado, pero qué chingón pecado, pensó, mientras su lengua danzaba con la de él, explorando sabores salados y dulces.

Se alejaron del camino, hacia un claro rodeado de sauces llorones. La luna plateaba sus cuerpos, y el viento fresco lamía sus pieles acaloradas. Alejandro la recostó sobre una cobija que sacó de quién sabe dónde, besando su cuello, inhalando su olor a vainilla y sudor femenino. —Déjame adorarte, mi santa —murmuró, desabotonando su blusa con dedos temblorosos de ansia.

María arqueó la espalda, sus tetas liberándose al aire, pezones oscuros endurecidos como chocolate pet. Él los lamió despacio, succionando con un chasquido húmedo que resonaba en la noche. Ella metió las manos en su pelo revuelto, tirando suave.

¡Virgen de Guadalupe, perdóname, pero esto es el paraíso!
Su coño palpitaba, mojado ya, rogando atención.

Las manos de Alejandro bajaron, despojándola de la falda. Sus dedos encontraron el encaje de sus calzones, frotando el clítoris hinchado en círculos lentos. —Estás chorreando, morrita. Qué rico hueles a mujer en calor —gruñó, metiendo un dedo adentro, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía gritar bajito.

—Ay, wey, no pares... me traes loca —jadeó ella, las caderas moviéndose al ritmo de su mano. El sonido de su humedad era obsceno, chapoteante, mezclado con sus gemidos y el croar de ranas lejanas. Lo jaló hacia ella, quitándole la ropa con urgencia. Su pito saltó libre, grueso y venoso, goteando precum que ella lamió con la lengua, saboreando su sal amarga. Lo chupó profundo, garganta relajada, mientras él gemía cabrón y le acariciaba la mejilla.

Pero querían más. Alejandro se posicionó entre sus piernas, frotando la cabeza de su verga contra los labios vaginales empapados. —Dime que sí, María. Quiero entrar en ti como un devoto en su templo.

—Sí, carajo, fóllame. Dame la pasión de Dios entera —suplicó ella, guiándolo adentro.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ambos gritaron al unísono, el placer como un rayo. Él empezó a bombear, lento al principio, sintiendo cada contracción de su coño apretado alrededor de su carne. El sudor les perlaba la piel, goteando, mezclándose. María clavó las uñas en su espalda, oliendo su macho aroma a almizcle y tabaco.

El ritmo aceleró, caderas chocando con palmadas húmedas. —¡Más duro, pendejo! —exigió ella, y él obedeció, embistiéndola como poseído. Sus tetas rebotaban, él las amasaba, pellizcando pezones. Ella le mordió el hombro, saboreando sal, mientras su clítoris rozaba su pubis en cada thrust. El orgasmo la alcanzó primero, un tsunami que la hizo convulsionar, chorros de jugo empapando sus bolas. —¡Me vengo, Dios mío! —aulló, el mundo explotando en luces.

Alejandro no tardó, hinchándose dentro, eyaculando chorros calientes que llenaban su útero. Rugió su nombre, colapsando sobre ella, pulsos compartidos latiendo al unísono.

Después, yacían enredados, el río cantando su nana. El aire fresco secaba sus cuerpos pegajosos. María acariciaba su pecho, escuchando su corazón calmarse. Esto no fue pecado, fue revelación. La pasión de Dios no está en misas frías, sino en carnes unidas, reflexionó, besando su sien.

—Vuelve mañana, wey. Quiero más de esta bendición —susurró.

Él sonrió, apretándola. —Todos los días, mi diosa. Neta, contigo el cielo sabe a orgasmo.

La noche los cubrió, pero en sus almas ardía eterna la llama.

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